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Cursos, seminarios, campamentos y capacitaciones en general.

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    Dr. Roberto Gonzalez
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    Cada vez es más común observar que en el contexto de las artes marciales se realizan cursos de capacitación para aquellas personas que se dedican (o quieren dedicarse) a enseñar. Eso es bueno, muy bueno, desde todo punto de vista. En lo que concierne a los participantes, se demuestra su interés en prepararse para ser cada vez mejores en el servicio que le ofrecen (u ofrecerán) a sus alumnos; y en lo referido a los expositores, se constata la intención de unos en colaborar en la formación de otros. En ambos casos, se apunta a la excelencia profesional mancomunando esfuerzos. Pero, en contraposición con esa situación ideal, cuando se analiza la actividad en profundidad, se comprueba que la realidad es muy distinta. Para demostrar las palabras anteriores, se comparte un análisis realizado en múltiples capacitaciones observadas durante las últimas dos décadas en diversas partes del mundo, teniendo en cuenta dos aspectos fundamentales: Qué se enseña, y cómo se enseña. 

    Al analizar el aspecto relacionado con lo que se enseña, se trata el tema de los contenidos curriculares que se incluyen en la clase, curso o seminario, para ser trasmitidos a los participantes. En ese sentido, desafortunadamente, se constata que en más de un 91 % de los casos se tratan aspectos técnico-tácticos y un 7 % para el reglamento competitivo, quedando solo un 2 % para otros temas diversos.
    Pero… ¿qué hay de malo en esos valores? ¡Muy simple! Cuando se trata de capacitaciones profesionales, los contenidos a incluir deben derivarse de las competencias que componen el perfil profesional ideal, de modo tal que puedan tributar al mejoramiento del desempeño en el cumplimiento de la función que la persona realizará. En ese sentido, siendo la función de los maestros (o aspirantes a maestros) de artes marciales, la de enseñar artes marciales, por lógica la mayoría de sus capacitaciones deben incluir contenidos relacionados con los procesos de enseñanza, entrenamiento y educación de sus alumnos. En ese caso, por el contrario, al constatarse que en la mayoría de los cursos se tratan contenidos propios de la especialidad, se observa la divergencia de esa actividad académica con la esencia de la actividad profesional a realizar, lo cual constituye un error tanto filosófico como pedagógico, que trae como consecuencia que los beneficios que se reciban son mínimos, o nulos. Peor aún, por el hecho de que los maestros de artes marciales antes fueron alumnos por un largo tiempo, y consecuentemente dominan los contenidos propios de su especialidad, el error se agrava desde el punto de vista de la gestión estratégica del conocimiento, ya que se sigue trabajando en el desarrollo de sus fortalezas (aspectos técnico-tácticos de su especialidad), y se continúa relegando los contenidos metodológicos relacionados con los procesos de enseñanza, que de hecho constituyen su debilidad, producto de la escasa realización de cursos de ese tipo. Pero, si el error de contenido anteriormente analizado es grave, más grave se presenta el análisis cuando se evalúa el tema de la forma en que se enseña.
    Sin desacreditar la noble intención de aquellas personas preocupadas por ayudar a otros, y entendiendo que en este caso en ellos no está el error ya que también son consecuencia de acciones equivocadas (u obviadas) por instancias superiores (a las que posteriormente se hará alusión), es necesario destacar lo siguiente. En los cursos de capacitación para maestros de artes marciales se observa que mayormente el expositor incurre en deficiencias clave de su actividad entre las que se encuentran:
    – No comenzar su actividad académica explicando los objetivos, actividades y estrategias a realizar; lo cual es imprescindible en todo proceso pedagógico para fomentar la conciencia en la actividad por parte de los alumnos y estimular su funcionamiento neurológico en relación con la actividad, garantizando previamente un alto porcentaje de las condiciones para un aprendizaje eficaz.
    – No se genera el conflicto cognitivo entre lo conocido y lo desconocido, que igualmente juega un rol importante en la motivación y estimulación neuronal de los alumnos para facilitar el aprendizaje y potenciar los procesos psíquicos involucrados en la capacidad de resolución de problemas, asertividad y creatividad.
    – No siempre las preguntas se responden con la adecuada y suficiente base informativa, lo cual impide la adecuada ejecución de las acciones que de éstas se derivan.
    – El expositor no siempre se ubica adecuadamente con respecto a los alumnos a la hora de realizar las demostraciones de los movimientos a realizar, lo cual impide la completa asimilación de la información. En ese caso se observa que se ubica en ángulos inadecuados (ya sea de frente o de costado (e incluso de espaldas que está contraindicado).
    – Lo mismo ocurre cuando se utilizan formaciones como el círculo, semicírculo, bloque y otros; donde el expositor no siempre ocupa el lugar adecuado, que es donde él pueda ver a todos los alumnos, y que igualmente todos los alumnos lo vean a él.
    – No siempre se dosifica adecuadamente el esfuerzo físico, lo cual provoca que si es insuficiente no permite ejecutar adecuadamente los movimientos porque el organismo no está listo; y si es en exceso tampoco lo permite porque el organismo está fatigado.
    – No se hacen las preguntas finales de control para retroalimentar la información compartida, lo cual no permite constatar los niveles de aprendizaje logrados por los alumnos.
    Pudieran mostrarse otros ejemplos, pero debido a que la intención no es criticar sino sensibilizar, esos son suficientes. En este caso el tema es: si los cursos de capacitación profesional son para maestros (y sobre todo cuando desde el punto de vista de contenido no se tratan los temas que necesitan los maestros), ¿al menos no se supone que el capacitador enseñe de una forma tal que los aplique? Es aquí donde, más que a los participantes en los cursos (preocupados por aprender), y de los capacitadores (preocupados por apoyar a otros); es necesario llamar la atención hacia las instituciones a las cuales pertenecen (federaciones, asociaciones, etc.) que son las máximas encargadas de controlar todo el funcionamiento material, humano y cognoscitivo a su cargo. O sea ¿quién capacita a los capacitadores? No puede olvidarse que este proceso se presenta como una reacción en cadena con orientación bidireccional. Es decir, de acuerdo a la visión y misión que establezca la institución, dependerá el tipo de personas que convocará (y formará) para poder cumplirla. De ese modo, con una adecuada planificación estratégica, se garantizará la existencia de líderes pertinentemente formados que ubiquen los altos cargos, y que al derivarse la cadena de mando puedan progresivamente formar a otros, para que luego, en sentido inverso, cada uno pueda cumplir adecuadamente su función, lo cual permitirá cumplir la misión y visión institucional. Pero para ello, en las artes marciales no puede seguir existiendo el empirismo y subjetivismo. No en el mundo de hoy. Por el contrario, el profesional de las artes marciales, como complemento de su especialidad, debe dominar aspectos filosóficos, pedagógicos, didácticos, psicológicos, sociológicos, científicos, metodológicos, biomecánicos, administrativos, etc.; que son los que, al final, le permitirán cumplir eficazmente la función que le corresponde dentro del sistema compuesto por el equipo de trabajo al que pertenece. No quiero terminar mi comentario sin recordar que, lo que pensamos y hacemos, no puede estar vinculado al mundo en que vivimos, sino en el que queremos vivir.

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